miércoles, 11 de julio de 2007


Tranquilo, fresquito y bien alimentado por este norte donde el mar es un desafío y el verde un regalo que nunca terminamos de recorrer..... echar no echo de menos Madrid-no mucho- pero sí a quienes la habitáis, a esos con quienes he ido conociendo una ciudad, otras gastronomías, otros lenguajes y su significado- aquí las nécoras son andaricas y el rape, pixín.A aquellos con quienes he hablado, discutido, reído, comido y bailado.
El entorno no lo cambio. Cuando vuelvo a casa por la noche veo otros bichos a los que no estoy acostumbrado: martas, luciérnagas y si aún queda un poco de luz: el mar, corzos, vacas y paisanos. Para recordar que el mundo fue otro mucho tiempo-guste a quien guste- éste es el lugar perfecto.
Os dejo una acuarela de Antón Hurtado. Es así de verdad.
Salud.

martes, 26 de junio de 2007

Que no pase nada


Madrid se sitúa en la cuenca del Tajo, sobre lomas y vaguadas que atraviesan numerosos arroyos. Madrid tiene un río sucio y mediopensionista que ha sido ridiculizado en innumerables coplas. ¡Alto ahí, don Miguel!, le dijo Lorca a Unamuno, que solía pasear por su ribera durante sus estancias en Madrid. Y riendo, añadió: que Lope en Santiago el verde dijo una cosa estupenda.

Unamuno quedó clavado en su sitio, tal vez azorado por aquel duelo de erudición con el que le desafiaba el poeta granadino, quien intuye que el viejo rector es incapaz de resolver el desafío. Tal vez hubo un silencio –nada se sabe de esto-, un silencio que ascendió aquella mañana al cielo azul y velazqueño de 1932. Lorca, con su proverbial astucia, por fin recitó:

Manzanares claro,
Río pequeño,
Por faltarle el agua
Corre con fuego

Unamuno quedaría impresionado, tomaría nota en su libreta y, pocos días más tarde, en el diario El Sol, publicaría Orillas del Manzanares, donde consigna la copla que le recitara Lorca.

Madrid tiene un río burlado por la maledicencia popular, un río que no se atreve a serlo del todo, pero al que no le falta ese carácter que el romanticismo popular suele atribuir a los perdedores. Madrid es una suma de errores, podríamos decir, que empiezan desde que, en 1561, comenzara a presumir de capital del reino. Desde entonces Madrid planteó su crecimiento en altura, porque Madrid estaba limitada por una cerca que mandó construir Felipe IV en 1625 y no se derribó hasta bien entrado el siglo XIX. Sus habitantes, sin saberlo, hicieron famoso aquello de Madrid al cielo.

Cuando se planteó el Ensanche, conocido por Plan Castro, no se resolvió el problema. Se dividió la ciudad en casco, ensanche y extrarradio. El ensanche comprendía el espacio situado entre las calles de Alberto Aguilera, Carranza, Sagasta y Génova, paseos de Recoletos y Prado y las rondas de Atocha, Valencia, Toledo y Segovia, hasta las nuevas rondas, con sus puentes (Reina Victoria, Raimundo Fernández Villaverde, Joaquín Costa, Francisco Silvela, Doctor Esquerdo y Pedro Bosch). El error de Castro fue ordenar el crecimiento en extensión con un foso. Su proyecto incluía también la creación de ocho nuevos barrios, de los cuales sólo se cumplieron tres: Argüelles, Pacífico y Salamanca.

En el barrio de Salamanca creció Alex Kidd, hombre disperso y discutible al que se le ha reprochado la falta de cumplimiento en este blog. Entretanto, los munícipes la siguen cagando. Y yo me digo: Qué pasaría si en Madrid realmente nunca pasara nada.

Segundo Caballero Mongoloide


Si es verdad, como dice Zaplana, que la vicepresidenta primera se disfraza, entonces el parlamento es un carnaval perpetuo en el que sus señorías bailan entre chanzas y cuchufletas. Cada uno viste el traje que mejor le cae –no hay rebajas y uno no puede arreglarse el dobladillo-, así que no hay motivo para reprocharle a Zaplana los cuellos de camisa, tan distinguidos, que estrangulan la bilis negra que chorrea por esa corbata arrogante de encargado de planta del Corte Inglés.

Zaplana es un señorito valenciano que ha venido a la capital a presumir de huerta. Le falta el puro (en este país tuvimos un presidente que fumaba como un carretero), un puro que en según qué circunstancias podría ser presuntuoso si el que lo enciende lo emboca como un jugador de póker. A mí me gustaban más los que se encendía al final de cada episodio Hannibal Smith o los que se petaba Paul Newman en El Golpe. Son puros con gracejo, vitales, que amplían con su humo una atmósfera de jovialidad.

Zaplana es un personaje desagradable cuya cinética nos recuerda a la de un capitán de caballería en época de paz. Mientras los ejércitos forjaron los estados nacionales, los impetuosos húsares solían bailar con la tabernera guapa; los de infantería ligaban menos que un vampiro mellado. El mundo ha funcionado así siempre, aproximadamente. Y es así que Zaplana se ha calado el cólbec y se ha metido un pañuelo en la bocamanga. Es un húsar de sable pulido, un poco trapisonda, que se lo pasa estupendamente con ciertas señoras de Serrano, a las que todos los domingos, sin faltar, les prepara una buena paella.

El moreno de su piel bien hidratada –quizá huela a Varon Dandy- lo emparenta con Arenas, que ya ha perdido ese lustre sensual de las pieles tersas y equilibradas, acaso porque ha alcanzado tal punto de flacidez que la piel parece ya congestionada. Y qué decir de su pelo, de capitán de alevines, cresta de sus afamadas seducciones, pendón de altos designios judiciales, que lo convierten en el guapote que todos los veranos nos quitaba la novia, él, que podría estar con todas.


Por este motivo, solicitamos su ingreso en la muy alta orden de los Caballeros Mongoloides, con la distinción de Gran Húsar de Navalcarnero.